La situación desfavorable en el mundo laboral para la mujer es bien conocida. Numerosos estudios afirman que las mujeres realizamos las dos terceras partes de la jornada mundial de trabajo, y percibimos solo el 10% de las ganancias totales. Otros datos señalan que solo tenemos el 1% de la propiedad privada mundial y representamos el 80% de les 1500 millones de pobres que existen. Sin duda, hoy la mujer está inserta en el mercado laboral mundial, pero nuestras condiciones, en términos generales, son más precarias. La explicación de esta situación, no reside en nuestra capacidad; y esto queda claro cuando se afirma que realizamos la mayor parte del trabajo; sino en que dada nuestra posición de vulnerabilidad, el lugar social que ocupamos producto de la opresión histórica a la que hemos sido sometidas, los capitalistas encuentran, en nosotras, mano de obra más fácil de explotar.

Las mujeres cargamos con la inmensa responsabilidad de cuidar a nuestras familias; “¿a qué no estaría dispuesta a someterse una madre, con tal de llevarle un plato de comida a sus hijos?” afirmaba Kollontai hace un siglo atrás; y efectivamente, estamos dispuestas a todo. Las condiciones de inserción laboral para hombres y mujeres son absolutamente diferentes, las mujeres solemos conseguir trabajos que representan más bien una extensión de las tareas domésticas que continúan, pleno siglo XXI, asumiéndose como naturales, como parte de una división natural/sexual del trabajo. Somos secretarias, enfermeras, maestras, niñeras, trabajadoras sociales, camareras, empleadas domésticas, personal de limpieza, acompañantes terapeúticas, cuidadoras domiciliarias, y así, una lista interminable que afirma una y otra vez, que nuestras tareas no son las “productivas”, sino las reproductivas, y estamos hechas para servir a otres.

En la Mar del Plata de la desocupación y el trabajo en negro nos encontramos miles de mujeres trabajando en gastronomía, sector altamente precarizado a pesar de la gran demanda que existe. Aquí se reproducen todas las condiciones que antes describimos: las camareras, las que atendemos y servimos a la gente y limpiamos las mesas somos, mayormente, mujeres. Este es un trabajo que suele ser en negro, temporal, con blanqueos truchos, los horarios son “flexibles” (entramos a una hora, pero no sabemos cuándo nos vamos). Además, se nos asignan todo tipo de tareas para las que no fuimos contratadas: si podemos, en nuestras casas, servir la mesa para nuestro marido y nuestres hijes, mientras limpiamos los pisos, repasamos los muebles, repasamos los baños, barremos, etc… ¿Por qué no podemos hacerlo en nuestro puesto de trabajo?

El acoso laboral es otro de los aberrantes en el mundo de las camareras; se nos exige un tipo de uniforme, que muchas veces está relacionado con “atraer clientela masculina”. Y ni hablar que para entrar en esos uniformes tenemos que tener cuerpos más o menos acomodados a los estereotipos occidentales de belleza; y se naturalizan los comentarios sobre nuestros cuerpos de parte de los clientes, a quienes debemos tratar con respeto porque “ellos siempre tienen la razón”. También recibimos acoso de nuestros compañeros de trabajo, y por sobre todas las cosas del patrón, y todos tienen el derecho de hablar como se les plazca, y hacer los comentarios que le vengan en ganas sobre nuestros cuerpos, nuestra ropa, nuestra sexualidad. Y todo esto debemos soportarlo menester de perder nuestro puesto de trabajo, ese que necesitamos para comer, para vivir.

En el caso del trabajo nocturno, hay una situación que se encuentra bastante invisibilizada, pero que nos es común a todas: ¿Cómo volvemos a casa? Regresar al hogar, luego de una extensa jornada laboral, es un privilegio de clase, y de género. Las que no poseemos transporte propio tenemos que esperar un colectivo que no sabemos si pasará o volver en un remis que se lleva nuestro sueldo del día y no sabemos si nos va a dejar en nuestro destino. En esto somos vulneradas también y corremos un enorme riesgo al terminar cada jornada laboral. Sí, luego de una extensa jornada de quizás más de 8 horas, luego de soportar los comentarios, los maltratos, cuando ya las piernas no nos dan más de permanecer de pie y de sonreír, siempre pidan lo que nos pidan, aún tenemos que resolver cómo regresar a nuestro hogar, sin que nuestro cuerpo se vea vulnerado. Y cada noche salimos a jugarnos la vida, para llevar la mísera recaudación de la jornada a casa. Y no está ni en discusión que un patrón se haga cargo económicamente, de que lleguemos sanas y salvas a nuestro hogar, aunque es de su enorme interés que al otro día estemos ahí, enteras, sonriendo y atendiendo de nuevo a las personas que lo van a seguir enriqueciendo, mientras nosotras seguimos sumergidas en la pobreza, contando las monedas para pagar el alquiler y las cuentas.
Y cuando decimos patrón, no podemos dejar afuera a las patronas. Porque las burguesas, aunque algunas se cuelguen el pañuelo verde y protesten contra los femicidios, pidan igualdad, y se llamen feministas; también nos explotan. La lucha del “feminismo burgués” es una lucha para las mujeres burguesas, que quieren mejorar sus condiciones de vida, su status social, tener más derechos y libertades, pero poco les importa si esos privilegios los consiguen a costa de la opresión de las trabajadoras. Y las mismas condiciones miserables nos obligan a vivir las patronas, evidenciando una vez mas que no existe feminismo si no es con perspectiva de clase.

Creemos que el feminismo viene dando cátedra de lucha en todo el mundo. Es hora de que a la lucha contra la violencia, contra los femicidios, por el aborto legal, seguro y gratuito, le agreguemos el contenido clasista que necesitamos las obreras, para luchar por nuestros derechos. Debemos plantarnos en la calle contra la violencia de género, entendiendo que la flexibilización laboral que sufrimos las mujeres, es parte del mismo sistema, y corresponde al verdadero interés de quiénes quieren mantener este sistema patriarcal y capitalista. Debemos organizarnos, luchar, en nuestros puestos de trabajo, por mejores salarios, porque se nos garantice el transporte, porque no sea normal y natural que nos acosen, porque tener hijes no sea un impedimento para trabajar, porque las licencias por paternidad sean iguales a las de maternidad (porque nuestres hijes no son solo nuestra responsabilidad). No tenemos la obligación de soportar cualquier condición, cualquier violencia, y callarnos. Podemos gritar, la salida está en la organización, en unirnos, encontrarnos hermanadas, nosotras, las obreras, y luchar por nuestros derechos.
Llamamos a todas las mujeres a salir a las calles, a formar asambleas, a unirnos con nuestros compañeres de clase y exigir que mejoren nuestras condiciones laborales.
Con el ejemplo de las obreras de Chicago, y de tantas mujeres que han sido protagonistas de nuestra historia, tenemos que salir a luchar.
Por la verdadera emancipación de las mujeres trabajadoras!

VOTAMOS LUCHAR